Comienza y se generaliza la
situación revolucionaria
Quedó atrás la política
defensiva del movimiento de masas
Inesperadamente (¿inesperadamente?) el planeta entra en tiempos de sismicidad creciente. En momentos en que la situación mundial parecía estable (aunque, en realidad, estaba en equilibrio metaestable), por el lugar más impensado se da el estallido.
Túnez, pequeño y atrasado estado de la zona mediterránea de África, da lugar al comienzo del tembladeral con un hecho que, en otras circunstancias, hubiera pasado desapercibida: la inmolación de Bouazizi porque la policía tunecina no le permite vender frutas y verduras con su pequeño carromato. Como se dice, fue la chispa que encendió la pradera.
El ejemplo se trasladó a otras zonas del norte africano y del Medio Oriente. Sin que se haya dado el llamado efecto dominó, Egipto, Yemen, Bahrein, Jordania, Libia, Arabia Saudita, Irak, se vieron conmocionados por manifestaciones y multitudinarias reuniones en las plazas principales de la capitales de cada país que pedían, cuando menos, un cambio de gobierno, aunque en su mayoría querían un cambio de régimen y, nunca, buscaron un cambio de sistema.
La fuerza del movimiento de masas era mayúscula. En su composición y en su cantidad. Con gran participación de la juventud (que, al igual que en el resto del mundo, ve cercenado su derecho a pasar a la condición adulta) incluyó trabajadores, empleados, pequeños comerciantes y artesanos más otros sectores económica, social y políticamente desheredados.
El vendaval tunecino demostró que la represión no era suficiente para derrotar la movilización. Es más, importantes sectores de la burguesía que hasta ese entonces disfrutaban de las mieles del poder, se sumaron a la rebelión. El ejército no se quedó atrás en esa polarización. Lo que si queda claro es que los sectores obreros, tímidamente, se fueron sumando e hicieron posible la caída del gobierno. También queda claro que la izquierda en general y la socialista revolucionaria en particular, jugaron su rol minoritario y no aprovecharon la coyuntura para pegar el gran salto adelante. Mientras tanto, en el mundo, toda la izquierda dio su apoyo, sin cortapisas, y la burguesía imperialista, asustada -y en cierto sentido inmovilizada- trataba de quedar bien con las direcciones que aparecían al frente de la movilización y solicitaban la renuncia de los gobernantes.
En Egipto ocurrió algo similar pero, cualitativamente, de mayor peso dado el papel jugado por Mubarak en el ajedrez político y militar que llevó adelante el imperialismo (en particular el yanqui) para poder consolidar a Israel como cuña contra-revolucionaria en Medio Oriente. La caída del gobierno fue más trabajosa pero siguió el modelo tunecino.
Hoy, el periplo sigue en las semidesérticas y petroleras tierras libias.
A diferencia de Túnez y Egipto que son (aunque atrasados) países burgueses con clases bien diferenciadas y con instituciones a tono con esa condición, Libia es una conjunción de tribus que disfrutan de modo desigual los beneficios de la explotación petrolera. Existe una clara jerarquización tribal y las dos tribus que son soporte político de Khadafy por cuanto sus miembros gozan del clientelismo y del poder en las instituciones civiles y militares, responden así, unificadamente, a su jefe en tanto el imperialismo no decida otra cosa o la insurrección arrase con el “Guía” y sus beneficiarios.
Al igual que los casos de Túnez y Egipto, estamos en presencia de verdaderas revoluciones (más adelante explicaremos detalladamente esta caracterización) pero encontramos, por parte de algunos sectores de la izquierda y por parte de la burguesía imperialista, una conducta distinta a la que se dio con Túnez y Egipto.
Comencemos con la burguesía imperialista.
Sigue igual de asustada y pidiendo lo mismo: que se vaya Khadafy. Pero, nos parece, tomó conciencia que la derrota del “Guía” a manos de las masas es mucho más que lo que ocurrió en Túnez y en Egipto. Es una derrota político-militar contra un gobierno y sus fuerzas armadas que se comportan igual que el gamonal al frente de sus paramilitares. La derrota de Khadafy en esas condiciones es una profunda enseñanza para todo el movimiento de masas en todo el mundo: significa que se puede derrotar a un gobierno, tirarlo abajo y, además, derrotar a su sanguinaria camarilla militar. Es decirle a las masas del mundo algo así como esto: ante un pujante, creciente y valeroso movimiento de masas, no hay armas que puedan derrotarlo. Este precio político (lo militar en otros términos) es de muy difícil digestión para la burguesía. Y al decir burguesía, hablamos de la imperialista, de las de los países atrasados que son socias de ella y, también (ojo: también) de las burguesías nacionalistas que, como toda burguesía nacionalista, llegado el caso a sus extremos, renuncia a su independencia y se entrega, como hizo Khadafy en su momento.
Puede argumentarse que a la burguesía imperialista le interesa el petróleo que hay debajo de las arenas libias. ¡Eso es cierto! ¡Como cierto es, también, que le interesa el agua, los minerales, la biodiversidad, la fuerza de trabajo esclavizada! Pero hoy su problema es otro, es político. Es afirmar y reafirmar quién manda, quién tiene el poder, que a las masas lo único que le toca es trabajar (si es afortunada) o pasar hambre (como está ocurriendo cada vez más). Todo lo demás, todo lo que tiene que ver con el gobierno y la toma de decisiones no es del resorte de las masas; para eso están ellos, los burgueses, los dueños.
De modo que enfocar la cuestión en términos del petróleo, lleva al mismo error que llevó –ante la política de agresión-invasión-conquista de Bush- a ver la guerra en Irak en los mismos términos.
Sigamos con la izquierda vergonzante.
Con el transcurrir de los días, comenzaron a aparecer –al principio tímidamente- los que amenazan (pretenden asustar) con el argumento de que si lo de Libia no termina pronto, la OTAN y EEUU a su frente, terminarán por invadir ese país, en nombre del humanitarismo que adujeron dos veces, por ejemplo, en el caso de Haití: una ante el golpe de estado que echó al presidente Aristide y otra en ocasión del terremoto. No podemos decir que la amenaza no existe; pero no podemos colegir de ello que no se debe apoyar la movilización para que dicha amenaza no se concrete.
También se afirma que si la burguesía imperialista intenta crear una zona de exclusión o que apoya el envío de armas a los insurrectos, ello es la demostración palpable de que lo que en Libia está ocurriendo es una contra-revolución que echará por tierra todas las conquistas del pueblo bajo la administración del gran “Guía”
Ambos argumentos nos recuerdan los que tantas veces escuchamos y leímos de boca y puño de los stalinistas: que, a veces, es bueno parar o posponer las luchas para que no se monten en ellas los verdaderos enemigos y debamos pagar un muy alto precio. De la misma manera que a veces llamaron a apoyar a tal candidato burgués por cuanto formaba parte de la burguesía progresista, partidaria de la democracia y amante de la Paz.
Esos argumentos forman parte de los peor de la historia del movimiento de masas. Son simétricos de aquel otro que se negaba a la unidad de acción para evitar el triunfo de Hitler, por ejemplo, porque los socialdemócratas no eran revolucionarios.
En realidad lo que está en juego es la caracterización de este proceso como un proceso revolucionario. Porque, demás está decir, si estamos en presencia de una revolución, nuestro deber es apoyarla sin ningún género de dudas.
¿Qué es una revolución?
Aunque existe una izquierda que niega la importancia de Lenin y Trotsky en la historia contemporánea y, es más, niegan el carácter progresivo de sus luchas (por lo tanto sus escritos) en dicha historia, nos apoyaremos en ellos para hacer esta discusión. Demás está decir que no discutiremos con dicha izquierda; su aporte no va más allá del posmodernismo (lo cual es bastante poco y pobre).
En La bancarrota de la Segunda Internacional, Lenín, escribió: “Para un marxista es indudable que la revolución es imposible sin una situación revolucionaria; además, no toda situación revolucionaria desemboca en una revolución. ¿Cuáles son, en términos generales, los signos distintivos de una situación revolucionaria? Con seguridad no cometeremos un error si señalamos estos tres signos principales: 1) la imposibilidad, para las clases dominantes, de mantener inmutable su dominación; tal o cual crisis de las “alturas”, una crisis en la política de la clase dominante que origina una grieta por donde irrumpen el descontento y la indignación de las clases oprimidas. Para que estalle la revolución no basta con que los de ‘abajo o quieran’, sino que hace falta, además, que ‘los de arriba no puedan’ seguir viviendo como hasta ese momento. 2) una agudización, superior a la habitual, de la miseria y de los sufrimientos de las clases oprimidas. 3) una intensificación considerable, por estas causas, de la actividad de las masas, que en tiempos de ‘paz’ se dejan expoliar con tranquilidad, pero que en épocas turbulentas son empujadas, tanto por toda la situación de crisis, como por los mismos ‘de arriba’, a una acción histórica independiente.”
“Sin estos cambios objetivos, no solo independientes de la voluntad de los distintos grupos y partidos, sino también de la voluntad de las diferentes clases, la revolución es, por regla general, imposible. El conjunto de estos cambios objetivos es precisamente lo que se denomina situación revolucionaria. Esa situación se dio en 1905 en Rusia y en todas las épocas revolucionarias en Occidente, pero también existió… en 1879-1880 en Rusia, a pesar de los cual no hubo revolución… ¿Por qué? Porque no toda situación revolucionaria origina una revolución, sino tan solo la situación donde a los cambios objetivos arriba enumerados se agrega un cambio subjetivo, a saber: la capacidad de la clase revolucionaria de llevar a cabo acciones revolucionarias de masas suficientemente fuertes para romper (o quebrantar) el viejo gobierno, que nunca, si siquiera en las épocas de crisis, ‘caerá’ si no se le hace caer.”
Trotsky, a su vez, en el Manifiesto de Emergencia, precisa el sentido subjetivo expresado por Lenin. Señala en lo concerniente a las condiciones básicas para el triunfo de una revolución proletaria: “1) el impasse de la burguesía y la consiguiente confusión de la clase dominante; 2) la aguda insatisfacción y el anhelo de cambios decisivos en las filas de la pequeña burguesía, sin cuyo a poyo la burguesía no puede mantenerse; 3) la conciencia de lo intolerable de la situación y la disposición para las acciones revolucionarias en las filas del proletariado; 4) un programa claro y una dirección firme de la vanguardia proletaria” este último aspecto es determinante para que se dé una revolución proletaria. Las diferencias que aparecen en la concepción de Trotsky, con respecto a la de Lenin, radica en el aspecto subjetivo o, para ser más claro, en la existencia de un partido socialista revolucionario respetado por el movimiento de masas.
Este planteo de Trotsky se cumplió una sola vez en la historia contemporánea: la Revolución Rusa en su fase Revolución de Octubre. Pero, en el mundo, a lo largo del siglo pasado y de lo que va de este, han habido revoluciones, y muchas: Revolución China, cubana, vietnamita, argelina, venezolana, ecuatoriana, boliviana. Ninguna terminó en una típica Revolución de Octubre. Y la explicación, ara nosotros, es muy clara. Desde el ascenso de Stalin al frente de la Revolución Rusa, comenzó un proceso de castración revolucionaria asentado en el concepto socialismo en un solo país (que negaba el carácter sistémico del socialismo, por lo tanto la realidad en tanto que totalidad) y permitió el contra-revolucionario triunfo que favoreció la entronización del nacional-socialismo, el franquismo, el fascismo, el stalinismo, la segunda guerra mundial, la liquidación física de la dirección bolchevique y sus continuadores, la emergencia de direcciones populistas, los militares nacionalistas, los guerrilleristas, etc. Tal castración viene obligando desde hace 85 años a la reconstrucción de la memoria histórica del proletariado y sus formas organizativas economicistas y políticas; situación que, todavía, no ha sido posible.
Ese planteo que ubica la situación política con referencia a la circunstancia que atraviesa el movimiento de masas, nos permite afirmar que hay cuatro situaciones posibles. Ellas son: 1) situación contra-revolucionaria. La contra-revolución logra una victoria histórica destruyendo las organizaciones proletarias con violentos métodos de guerra civil, aniquilando las luchas obreras por largo tiempo. 2) situación no revolucionaria. Son los tiempos de ‘paz’. La estabilidad política permite dominar al proletariado sin grandes crisis o violencias dado que no hay combatividad de las masas y la burguesía se muestra lúcida; 3) situación pre-revolucionaria. Se dan tres condiciones: crisis y confusión de la clase dominante, radicalización –fundamental- de la pequeña burguesía y disposición revolucionaria de las masas. Pero, la burguesía puede seguir gobernando sin mayores sobresaltos ni cuestionamientos; 4) situación revolucionaria. A partir de las condiciones anteriormente mencionadas, la burguesía no puede gobernar como antes, el estado muestra fisuras de todo tipo y comienza a dislocarse. En ese caso, la pequeña burguesía es fuertemente atraída por la virulencia de las acciones del proletariado y se tiende a la formación de organismos independientes que cuestionan el poder existente y sus instituciones.
1905
Uno de los casos históricos más emblemáticos fue la revolución rusa de 1905. Nada mejor que las palabras de Lenin para poder entender lo que fue esa llamada revolución.
El 9 de enero de 1917, Lenin pronuncia, en la Casa del Pueblo de Zurich, su Informe sobre la revolución de 1905. En los primeros párrafos hace una descripción objetiva de lo que ocurrió 12 años antes; para ello lee la petición que los obreros de Petersburgo, bajo la dirección de un sacerdote llamado Gapón, dirigen al Zar. “Nosotros, obreros, vecinos de Petersburgo, acudimos a Ti. Somos unos esclavos desgraciados y escarnecidos; el despotismo y la arbitrariedad nos abruman. Cuando se agotó nuestra paciencia, dejamos el trabajo y solicitamos de nuestros amos que nos diesen lo mínimo que la vida exige para no ser un martirio… Los miles y miles aquí reunidos, igual que todo el pueblo ruso, carecemos en absoluto de derechos humanos. Por culpa de Tus funcionarios estamos reducidos a la condición de esclavos”.
La petición, claramente, demuestra que los de abajo no quieren seguir viviendo en las condiciones en que lo hacen; para ello se movilizan y tienen un líder. Las reivindicaciones que levantan son: amnistía, libertades públicas, salario normal, entrega gradual de la tierra al pueblo, convocatoria a una Asamblea Constituyente elegida en votación general e igual para todos y terminaba con estas palabras: “¡Señor! ¡No niegues la ayuda a tu pueblo! ¡Derriba el muro que se alza entre Ti y Tu pueblo! Dispón y júranoslo, que nuestros ruegos sean cumplidos, y harás la felicidad de Rusia; si no lo haces, estamos dispuestos a morir aquí mismo. Sólo tenemos dos caminos: la libertad y la felicidad o la tumba”.
No cabe duda que la conciencia de esos trabajadores no iba más allá de sus necesidades más agobiantes; no son capaces de ver en el Zar, al jefe de los que los tienen en esa condición, la clase dominante. La respuesta del Zar fue al mejor estilo Khadafy. Dice Lenin: “Se llama a las tropas. Ulanos y cosacos se lanzan sobre la multitud con el sable desenvainado, ametrallan a los inermes obreros, que puestos de rodillas suplicaban a los cosacos que se les permitiera ver al Zar. Según los partes policiales, hubo más de mil muertos y de dos mil heridos…”
Por si queda alguna duda de lo peculiar de la situación, Lenin explica en dicho informe cual era la situación de los socialistas revolucionarios: “hasta el 9 de enero de 1905, el partido revolucionario de Rusia lo formaba un pequeño grupo de personas. Los reformistas de entonces…se burlaban de nosotros tildándonos de ‘secta’…No obstante, el panorama cambió por completo en el curso de unos meses.
En otros párrafos afirma: “… La peculiaridad de la revolución rusa estriba precisamente en que, por su contenido social, fue una revolución democrático-burguesa, mientras que por sus medios de lucha, fue una revolución proletaria. Fue democrático-burguesa, puesto que el objetivo inmediato que se proponía, y que podía alcanzar directamente por sus propias fuerzas, era la república democrática, la jornada de 8 horas…fue a la vez una revolución proletaria, no solo por ser el proletariado su fuerza dirigente, la vanguardia del movimiento, sino también porque el medio específicamente proletario de lucha, la huelga, fue el medio principal para poner en movimiento a las masas y el fenómeno más característico del desarrollo, en oleadas sucesivas, de los acontecimientos decisivos.”
Lenin no titubea en caracterizar esos acontecimientos como revolución. El cura Gapón, el sometimiento de los obreros y vecinos al zar y las reivindicaciones planteadas, aparentemente (ojo: aparentemente), nada tienen que ver con la revolución. Sin embargo, Lenin, el 18 de enero de 1905 (9 días después de los sucesos) publica en el Nº 4 de Vperiod un artículo denominado El comienzo de la revolución rusa. Once días antes de que Lenin escribiera esto, es decir dos días antes del “domingo sangriento”, “… el Sr. Piotr Struve, entonces jefe de los liberales rusos, director de un órgano ilegal libre editado en el extranjero, escribía: “En Rusia no hay todavía un pueblo revolucionario”. ¡Tan absurda le parecía a este “cultísimo”, presuntuoso y archinecio jefe de los reformistas burgueses la idea de que un país campesino analfabeto pueda engendrar un pueblo revolucionario! ¡Tan profundamente convencidos estaba los reformistas de entonces –como lo están los de ahora- de que una verdadera revolución era imposible!” (Informe sobre la revolución de 1905)
Trotsky, por su parte, escribió desde la cárcel, en 1906, su trabajo titulado Resultados y perspectivas. Se trata de un material en el que la grandeza radica en las conclusiones que saca, antes que en el relato o el análisis. Por la importancia que tiene debemos señalar las dos cuestiones teóricas derivadas del mismo: 1) la Teoría de la Revolución Permanente y, 2) La ley del desarrollo desigual y combinado. Solamente sucesos de altísima relevancia histórica pueden dar lugar a las cuestiones señaladas, piedras basales del entendimiento de la historia desde el punto de vista materialista y dialéctico.
Los actuales acontecimientos.
Muchos autores hacen grandes esfuerzos por hallar una explicación a lo que está ocurriendo. Todos parten de una posición incorrecta: no analizan la coyuntura histórica que nos toca vivir como expresión de la lucha de clases tal cual la definen Marx y Engels en el Manifiesto Comunista. Ninguno se ha puesto a pensar cuál es la gravedad de la confrontación entre el desarrollo alcanzado por las fuerzas productivas y el capitalismo en tanto que sistema. Todos tratan de racionalizar algo que es, en sí, por su propia naturaleza, el producto de una construcción histórica empírica, explicada por la ciencia pero no asentada en una concepción científica.
La revolución no sabe porque ocurre, pero ocurre, y bienvenida sea, agregamos. Es la más cabal demostración de que la humanidad, el Homo sapiens, no decidió suicidarse. Que sigue respetando la ley fundamental de los seres vivos: la sobrevivencia, para que se haga posible la ley fundamental de la materia: la evolución.
De lo que se trata, queremos decir, es de hacer caracterizaciones que vayan más allá de lo episódico, de lo inmediato. Se trata de definir los períodos históricos que vivimos y como se ajustan a ellos y se expresan los diferentes sectores de clase y las clases. ¿Qué queremos decir?
Nos remontaremos al año 2002. Era el año en que se discutía, con gran intensidad, el proyecto imperialista yanqui de invadir militarmente a Irak. Masivamente, en el campo de los opositores a esa guerra se argumentaba que la verdadera razón de la misma era el petróleo iraquí. No compartíamos esa afirmación.
El 10 de febrero del 2003 sacamos a la luz un Cuaderno Socialista, el Nº 4, titulado Alto a la guerra imperialista. En él manifestábamos, entre otros conceptos, lo siguiente:
“Con
la caída del Muro de Berlín, se cerró definitivamente, estrepitosamente, el
período de posguerra que algunos dieron en llamar el de la vigencia del
"estado social de derecho" y que otros denominaron como del
"estado benefactor".
Queremos
decir: el stalinismo pudo existir en tanto se dieron dos condiciones: 1) en el
período de entreguerras con la vigencia de una situación mundial contra-revolucionaria
y, 2) en el período de expansión económica como ocurrió una vez finalizada la
segunda guerra mundial. Cuando esto último entró en crisis, la burguesía
imperialista se vio sin la ayuda del mediador que tenía para con el movimiento
de masas. En esas circunstancias, se la tuvo que jugar dando la cara
directamente. A partir de entonces, el mundo quedó efectivamente polarizado, no
quedó unipolar como muchos gustaron en llamar. En un polo los explotadores y
sus epígonos y lugartenientes; en el otro, los trabajadores, los asalariados en
general, los pequeños productores y comerciantes, la clase media profesional
que se expandió con el estado benefactor y que ahora se contrae con el achicamiento
del estado.
La burguesía sobrevive
en tanto asegura la sobreexplotación.
El
polo de los explotados se agranda conforme avanza la concentración del capital,
la monopolización privada en manos de las transnacionales y sus minoritarios
socios nacionales. En ese proceso se pauperizan cada vez más, se transforman en
parias, se hacen más alienados, en fin, se barbarizan. En otras palabras, las
bellezas prometidas de una sociedad capitalista satisfecha (algunos llegaron a
decir -a mentir, en rigor- un mundo de propietarios y no de proletarios) se
esfumaron. Cuando se cayó la venda, no quedó otra conducta posible que la
lucha. De lo contrario, el futuro era el suicidio, primo hermano de la
barbarie. Esa lucha se da en las peores condiciones: los dirigentes sindicales,
en su inmensa mayoría, se pasaron con todo y maletas al campo de la burguesía;
los partidos políticos burgueses o pequeñoburgueses en los que confiaban (y con
los cuales se engañaban piadosamente) están en franca demolición; la ruptura
histórica que hicieron con la tradición del movimiento obrero mundial por
entregarse a los brazos de la socialdemocracia, los stalinistas, los
guerrilleros, los nacionalistas, los populistas, los dejó desarmados. Ahora
deben comenzar a reconstruir la conciencia histórica del proletariado. Y ello
en medio de las luchas y por ellas tonificadas.
Ese es el proceso que
la burguesía imperialista quiere y debe abortar para seguir disfrutando de sus
privilegios. La guerra, entonces, tiene por objetivo central la derrota física
de las masas. ¡Y no olvidemos que esto
es, lisa y llanamente, fascismo!”
Pues bien, ocho años más tarde estamos en condiciones de afirmar, sin lugar a ningún género de dudas, después de lo que ocurrió en Irak y de lo que ocurre en Afganistán y Palestina, que ese objetivo imperialista tiene más vigencia que nunca. ¡Y que la resistencia del movimiento de masas entonces señalada, se ha convertido en una ofensiva que pone en muy serio entredicho los planes y las perspectivas políticas de la burguesía!
Varios aspectos se deben señalar de la muy reciente historia en el norte de África y en Medio Oriente. La fundamental, la más destacada, la masividad de las concentraciones. Pocas veces –que recordemos- ocurrieron movilizaciones de tales envergaduras. Esa masividad ha corroborado la definición de movimiento de masas con que, sociológicamente, nos hemos movido en los últimos tiempos. Destaca la participación juvenil (tengamos presente que, para ellos, la burguesía tiene reservado un castrado futuro en el que -desde ya se observa- se pretende negar el acceso a la condición de adultos: satisfacer las necesidades propias de esa etapa de la vida), la presencia de sectores de la pequeña burguesía y la participación -minoritaria y tardía- de trabajadores. También debe señalarse el programa de reivindicaciones que levantan: no muy diferente de las que levantaron aquellos obreros de Petersburgo, en 1905. Debe, sin embargo, ponerse énfasis en las limitaciones políticas que ofrece el panorama actual; en 1905, los socialistas revolucionarios (entonces llamados socialdemócratas) eran unos cientos; hoy están lejos de esa cifra. Hay otro elemento que debemos considerar: fueron auto-convocados y se dieron formas organizativas de lucha y de administración de las zonas liberadas que recuerdan -salvando las grandes diferencias del caso- la gestación y conformación de los soviets de aquel entonces. La orientación probable del proceso iniciado está más cerca de dar origen a una dirección política burguesa (incluso proveniente de la situación precedente) que de una dirección aunque sea débilmente socialista.
No es que hayamos caído en los brazos de los análisis comparativos, por analogía. Es que, según la ley del desarrollo desigual y combinado, los pueblos atrasados, en los grandes momentos de lucha, toman las formas organizativas más avanzadas de la época y, de alguna manera, de la historia. No es casual la aparición de milicias que no solo se pueden explicar por la presencia de militares disidentes.
Estamos, en consecuencia, en presencia de revoluciones. Llevadas adelante por el movimiento de masas, que es el único actor que puede hacerlo. En ese sentido hay una superación histórica respecto de las concepciones putchistas, populistas y guerrilleristas de las décadas pasadas. Las masas se ubican en el centro de la escena y los métodos de lucha que eligen son revolucionarios. En esto no hay discusión posible.
La obligación de todo revolucionario es apoyar todo proceso revolucionario. No pueden haber consideraciones tácticas o geopolíticas para dar un paso al costado. Menos para levantar explicaciones o consignas confusas que llevan a la no acción.
¿Qué a los imperialistas yanquis o europeos les interesa el petróleo libio? Sí. Pero hay una sola forma de evitarlo: con el triunfo de la revolución.
¿Qué los yanquis, los europeos y la OTAN quieren participar en el conflicto libio para llevar adelante la nueva repartición del continente africano? Sí. Pero hay una sola forma de evitarlo: con el triunfo de la revolución.
¿Qué la dirección política de los nuevos gobiernos es burguesa y aplica tácticas gatopardistas (cambiar algo para que todo quede como está)? Sí. Pero hay una sola forma de evitarlo: con el triunfo de la revolución.
¿Qué la participación obrera en las manifestaciones es minoritaria? Sí. Pero hay una sola forma de revertirlo: con el triunfo de la revolución.
¿Qué no existe una tradición de luchas políticas en las que se haya destacado alguna postura socialista revolucionaria? Sí. Pero hay una sola forma de revertirlo: con el triunfo de la revolución.
¡Recordemos!
Toda revolución es obra de las masas. Sin
ellas, es imposible.
Toda revolución es una subversión casi absoluta de los valores y categorías
burguesas con que la clase dominante ha ido adocenando a las masas.
Nada enseña tanto a las masas,
políticamente hablando, como una revolución para tomar conciencia de los alcances
y las limitaciones de sus propios actos.
Toda revolución se sabe cómo comenzó,
cuándo y dónde. No se sabe en qué ha de terminar. Pero lo que sí se sabe es que
inaugura un proceso de revolución permanente y que, desde la moral
revolucionaria, no hay otra conducta posible que la identificación con ella y
la plena participación.